Crónica 02 · Vivir en Cicla
La bicicleta nos llevó a seguir el rastro de una historia que transformó este departamento.
Por más de un siglo, el Ferrocarril conectó montañas, pueblos y ríos.
En sus vagones viajaban personas, mercancías e ideas que ayudaron a construir la región.
Hoy los trenes ya no pasan por allí, pero sus rieles siguen atravesando la historia.
Siguiéndolas, emprendimos nuestro primer viaje como Vivir en Cicla.
Saliendo de la ciudad ya nos encontrábamos rodeados de pájaros, mariposas y un cielo intenso que anunciaba un día de ascensos por varios altos de montaña.
Cada travesía tiene su complejidad y las mejores historias rara vez se encuentran en los caminos fáciles.
Después de 4 horas de ascenso llegamos a Santiago, en Santo Domingo.
Las quebradas corrían junto a la carretera.
La gente conversaba sentada frente a sus casas coloridas mientras el tiempo parecía avanzar más despacio.
Buscando dónde refrescarnos encontramos una quebrada repleta de reptiles extraños que observaban inmóviles desde las piedras.
La curiosidad nos llevó a conversar con doña María, quien entre risas nos explicó que no representaban ningún peligro.
Todavía no sabemos de qué animal se trataba.
En el Alto de La Quiebra nos recibió un olor dulce suspendido en el aire.
Nos detuvimos en una tienda para preguntar de dónde venía.
Al frente vimos salir humo de una chimenea que sobresalía entre las montañas.
Un habitante del lugar nos contó que allí producían panela de manera artesanal, lo que en Colombia llaman un Trapiche.
Nos invitó a conocer el proceso.
Al entrar encontramos cultivos de caña extendiéndose sobre las laderas.
Don Hector nos contó que aquella labor había acompañado a su familia durante generaciones. Entre familiares, vecinos y trabajadores transformaban la caña en panela siguiendo prácticas transmitidas de padres a hijos.
Las manos que producen la panela son las mismas que sostienen gran parte de la vida de estas montañas.
Vimos llegar la caña recién cortada al trapiche. Allí extraían el guarapo, un líquido verde y dulce que luego pasa por distintos hornos hasta convertirse en miel espesa y finalmente en panela.
Nada se desperdicia. El bagazo seco alimenta el fuego que mantiene vivo el proceso.
Esa noche acampamos junto a una quebrada a las afueras de Cisneros.
El sonido del agua acompañó las conversaciones, el café y los dibujos que nacieron de aquellos días.
En medio del silencio entendimos algo que hasta entonces solo era una idea: queríamos seguir viajando así.
No solo para movernos entre lugares, sino para conocer a las personas que les dan sentido.
Al día siguiente regresamos por la antigua vía férrea.
Una Crónica de Vivir en Cicla
Fotografías: Andrés Usuga
Narración: María Camila Castellanos