Crónica 01 · Vivir en Cicla

Doradal, el corazón de Colombia

En medio de la bruma, las bicicletas comenzaron a reunirse en La Torre Siclas.
Ahí, donde durante años han nacido ideas, activismo y formas de habitar la ciudad sobre dos ruedas, empezó también esta historia.

Desde el primer ascenso cada quién encontró su ritmo con la montaña.
Avanzando y esperando a los demás.

Nos fuimos encontrando, como si la ruta esperara por cada uno.

Andrés y Camila desde el centro, Silvia en la Torre, Mauren, Valentina y Ubeimar en Moravia, Kevin más arriba, Diego en Guarne.

La comida y el café se volvieron puntos de encuentro, excusas para detenernos y recordarnos que esto no se trataba de llegar primero, sino de llegar juntos.

Silvi, con sus cuidados, compartía bloqueador y todo tipo de menjurjes hechos por ella.

En la ruta nos encontramos con dos cicloviajeras francesas de unos 60 años. Su forma de viajar nos sorprendió.

Las invitamos a almorzar.

Mientras unos pelaban tomates, otros salían por leche para hacer kéfir.
Todo se volvió simple. Y posible.

La bicicleta se volvió parte del paisaje.

Cayendo la noche rodamos entre la neblina. La carretera apenas se dejaba ver.

El río empezó a escucharse antes de que lo viéramos.
Ahí encontramos dónde pasar la noche.
Don Julio no nos estaba esperando.
Dijo— Pero aquí siempre hay lugar.
Hizo preguntas. Muchas.
Mientras hablábamos, su hija freía tajadas en la cocina.
La casa era suya.
Y a veces, también, de quienes pasaban.

Al día siguiente, el aire cambió.

El Magdalena Medio ya se sentía en la piel.
Nos quitamos capas de ropa intentando negociar con el calor.

Pedaleamos, paramos, y seguimos.

Encontramos otro río.

Bajamos a soltar el peso y a enfriar el cuerpo.
A sentir.

Ahí estaba Don Gustavo, con su hija, cuidando ese lugar como guardianes de un templo.

Cocinaron para nosotros fríjoles con chicharrón.

Más adelante, Ube decidió bajarse de la bicicleta.
Escuchó su cuerpo.

Y eso también es pedalear.

El Alto del Pollo nos encontró sin mucho más que dar.

Pero la moral seguía.


El barrio nos recibió con aplausos y arroz con pollo.
Habíamos llegado.No era solo un destino.

Era el origen de nuestra querida Mauren.

Aquí entendemos de dónde viene lo que ella es.
La forma de cuidar.
De estar.
De amar sin medida.

Nos perdimos por los caminos de Doradal.
Sin prisa.
Ahora somos un poco de este lugar.
Nos llevamos el calor, el río, los rostros, las manos que nos cocinaron.


En el camino vamos guardando pedazos del mundo dentro del cuerpo.
Y un día, sin darnos cuenta,
también nosotros nos volvemos territorio.

Una Crónica de Vivir en Cicla

Fotografías: Andrés Usuga

Narración: María Camila Castellanos